Todas las bodas son bonitas, o al menos eso dice la sabiduría popular. Más o menos divertidas, agradables y casi siempre emotivas. Pero a veces, en nuestro afán por cumplir nuestros sueños, entre tantos preparativos, nos podemos llegar a olvidar de lo esencial: una boda es la fiesta del amor, la amistad y el cariño verdadero hacia los nuestros. Divina y Antonia lo tuvieron claro desde el principio. Aunque habían soñado mucho con este momento, nada les iba a hacer perder la perspectiva. Y decidieron que querían una boda muy sencilla, pero con mucho encanto ( tal y como son ellas).
Y llegó el día. Arropadas por sus mejores amigos - que se alojarían también en las habitaciones y suites de la masía - llegaron por la mañana un precioso ( ¡y caluroso!) día de julio. Sin pensarlo ni un instante, se dieron un buen chapuzón en la piscina y compartieron risas y unas cervezas. Los nervios, inevitables siempre en toda boda, desaparecieron así por unas horas.
Pero llegó el momento de la ceremonia, y entonces las emociones se desbordaron. Divina y Antonia aparecieron en la terraza de la masía, cada una del brazo de su padre, muy nerviosas y felices. No faltaba ni sobraba nadie; no había invitados de compromiso; estaban todos los que debían de estar y habían ido todos los que deseaban ir. "Era una boda muy esperada por todos, nadie se la quería perder" -nos cuentan. La ceremonia, muy bonita en todo su contenido, fue oficiada por una familiar. Pudimos escuchar las hermosas palabras de unos amigos durante la ceremonia que emocionaron profundamente a las novias y a todos los que allí estábamos presentes. Textos que ellos mismos habían escrito y que hablaban de ellas . " Muchos de los invitados, por no decir todos, lloraron durante la ceremonia". Y al final (no podía ser de otro modo), no faltó una estruendosa traca para festejar con ruido, como buenas valencianas, el comienzo de esta nueva etapa ¡y de la fiesta!






























































